viernes, 2 de noviembre de 2007

Femicidio

El cielo y la tierra sollozan desconsoladamente, sus lágrimas claman por justicia. Los jueces de la corte ignoran sus lamentos. En un rincón de la sala, afloran los verdugos, seres bárbaros y sin contemplaciones. Individuos homogéneos, sedientos de sangre, imploran con prontitud el sacrilegio. Nadie las escucha, nadie las ampara, sus gritos son herméticos. No logran conmover a la racionalidad humana. Se dicta la sentencia, las 52 serán ejecutadas. De pronto, las féminas se unen en una conmovedora danza celestial, aferradas a sus manos tristes y a sus rostros maltratados. El destino las venció. Ellas se creían fuertes, capaces de soportar las torturas de sus amos, de los dueños de sus vidas: sus esposos. Hadas mías, el amor, no es sinónimo de violencia, sus trajes manchados de una intensa sangre, denunciaban los vejámenes que fueron sometidas. Sin embargo, es tarde, la oscuridad irrumpió detrás de la colina, donde yacen cincuenta y dos cruces frías y lúgubres. Sus gritos ensordecedores nos acompañarán de por vida, sus mudas lamentaciones, su dolor en solitario, nos recordarán nuestra confabulación con el silencio, que es uno de los principales artífices del desamparo ante sus homicidas.

No hay comentarios: