Las palabras no parecen sanar. Los silencios, las miradas vacías, la rigidez de su rostro, me perturban, sus quejidos. El brillo de sus ojos son un calvario, un indicio de que no está bien, la advertencia de algo mayor, de una enfermedad, un mal invasor, que roba la tranquilidad de su familia y que produce un estado de desolación e incertidumbre. Seres tan frágiles, como un trozo de vidrio esparcido en el piso. ¿Qué puedo hacer? ¿Cuál es la clave? ¿Qué camino debo seguir? El viento del abanico no reduce tu dolor. La luz de la puerta no devuelve el color natural de sus párpados hundidos. La delgadez de su cuerpo y la blancura de su carne débil son imágenes que no se desvanecen. La mente llora. No olvides lo que hemos construido. No me dejes a la deriva. No me abandones. No quiero perderte.
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