Los ojos no parecen convencerme, no veo una respuesta concisa y clara. Por el contrario, sigues apartándote, huyendo lejos, evitándome. En el bosque te encontré, tendida sobre las ramas de unos árboles. El contorno de tu silueta estaba iluminado por los tibios rayos de luna. Sentí el aroma del campo que presiona con frenesí el pecho. La fragancia de las ramas de eucaliptos tras una copiosa lluvia. El devenir de un cerro inexplorado, de una ruta desierta, de un amor no correspondido. Los laberintos de magma, los llantos a medianoche, la voz metálica del lamento recóndito, las frazadas no pueden cubrirme, no ocultan mis debilidades, mis llagas, mis cuestionamientos. Correr a un sitio remoto donde el cielo se funda con el mar, donde las hadas de los cuentos infantiles nos asombren con sus pociones y hechizos que todo lo pueden, donde los senderos cultivados de trigo sean un paisaje de contemplación y templanza. Definitivamente, no lo lograré. Pues aquellos monstruos transitan por mi habitación. Indefenso, sólo me queda aferrarme a mi almohada. Como cada noche.
miércoles, 27 de agosto de 2008
viernes, 22 de agosto de 2008
Ambivalente
El orgullo terminó por vencernos.
Te esperé durante días, tal vez meses o quizás años.
En la vía ferroviaria preferiste callar, mentir, olvidar.
Los recuerdos no logran desencadenarse en mi mente. No puedo beber este trago amargo, mi garganta está seca y roñosa, herida de un dolor incurable.
Las lágrimas no purifican mi dolor.
Las noches en vela, cuando contemplo la luna llena, me sumerjo en un melancólico estado de desesperanza, congoja y aflicción.
Pareces sonreír en un estado de sopor, de éxtasis, de júbilo.
Me ignoras, me matas, me dañas.
Me robaste, arrancaste de mí, esa dosis de tranquilidad. No puedo conciliar el sueño, me invades, hasta en mis pensamientos, no puedo situarme.
Arrinconado en una baldosa, en una azulosa tonalidad de abandono; las pastillas multicolores resbalan súbitamente en mí; los silencios se turban inquietantes, desoladores, irrespirables; no consigo pernoctar; mi refugio ha involucionado; oscuro y tétrico; incomprensión y rechazo; omisión y caos; insomnio y desfallecimiento; risas que no se concretarán; proyectos que no alcanzarán a ver la luz; ilaciones discursivas que nunca enunciaste. Ahora sé, que mi postergación es tu felicidad y tú prosperidad es mí preterición. Adiós.
Te esperé durante días, tal vez meses o quizás años.
En la vía ferroviaria preferiste callar, mentir, olvidar.
Los recuerdos no logran desencadenarse en mi mente. No puedo beber este trago amargo, mi garganta está seca y roñosa, herida de un dolor incurable.
Las lágrimas no purifican mi dolor.
Las noches en vela, cuando contemplo la luna llena, me sumerjo en un melancólico estado de desesperanza, congoja y aflicción.
Pareces sonreír en un estado de sopor, de éxtasis, de júbilo.
Me ignoras, me matas, me dañas.
Me robaste, arrancaste de mí, esa dosis de tranquilidad. No puedo conciliar el sueño, me invades, hasta en mis pensamientos, no puedo situarme.
Arrinconado en una baldosa, en una azulosa tonalidad de abandono; las pastillas multicolores resbalan súbitamente en mí; los silencios se turban inquietantes, desoladores, irrespirables; no consigo pernoctar; mi refugio ha involucionado; oscuro y tétrico; incomprensión y rechazo; omisión y caos; insomnio y desfallecimiento; risas que no se concretarán; proyectos que no alcanzarán a ver la luz; ilaciones discursivas que nunca enunciaste. Ahora sé, que mi postergación es tu felicidad y tú prosperidad es mí preterición. Adiós.
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