sábado, 29 de diciembre de 2007

Blanco casi perfecto

La habitación vacía, nadie cabe dentro, ni siquiera tus pensamientos.
Una mesita de escritorio, las sillas atestadas de libros a un lado de la sombría escalera y esa cama, refugio imperturbable de tus sueños, de esos sueños que desconocí, que jamás logré comprender. Las murallas atiborradas de anticuados recuadros, confeccionados tal vez por algún pintor de fama desconocida y esas hojas, donde realizabas anotaciones con una caligrafía ilegible, que solías adherir de una forma casi obsesiva a las murallas, quizás lo sabías, sentías una premonición de ese virulento Alzheimer, que te invadió sigilosamente un 23 de abril y te sumergió en una blanca masa absorbente, hambrienta de tus sueños, de tu mundo, de tu vida, de tu identidad, y de tus recuerdos. Sí, era el silencio el que irrumpió cada uno de tus proyectos, fueron las incoherencias que brotaban de tu boca, las que te ahuyentaron de los tuyos. Tus manos se tornaron frías, ya no eran humanas. El fulgor de tus ojos, se desvaneció. El calor de tu pecho, se fragmentó. Mi retina se cerró y de pronto, todo desapareció, el mal había avanzado; mi pecho sabía que nada volvería a ser como era antes. Juego de ajedrez, cuadros, tazas, sombreros, pinturas, cursilerías, bolsas, remembranzas, mi familia, exasperaciones, desdichas y regocijos, fueron fáciles presas de esta agonía incurable. De improviso, dos gotas saladas tiñeron de un gris otoñal mi camisón preferido.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Carta

Triunfos de aquellos que nunca obtuviste, de las manos fibrosas que siempre ocultaste, de esa mirada lánguida y temerosa, de esos brazos acogedores y resueltos, de esas perturbadoras ensoñaciones, de tus juegos sarcásticos, de mi debilidad paulatina, de mis lágrimas imaginadas, de tu incomprensión permanente, de las remembranzas inolvidables, de tu evocación dorada, de tus atuendos atrayentes, de tu cándido aroma, de tu cintura estrecha, de tu mundo y mi risa, de tus juegos infantiles, de tus guantes de seda, de tu sutileza y mi fiereza, de tu dulce inocencia, de tu cabello inmanejable, de tu aura rimbombante, de tu vasto vocabulario, de tus ojos fulgurantes, de tus lunares interestelares, de tus senos sumisos, de tu sabor inalcanzable, de tus colores esplendorosos, de tu recato y de mi torpeza, de tus juegos lingüísticos y de mi inexperiencia amorosa, de tu raudo transitar, de tus melodías pegajosas, de tu adverso destino, de tu volcánica plenitud, de tu fuego envolvente, de tu silencio sombrío, de mi tozudez y tu calma, de mi violencia y tu entereza, de tu decisión de marchar y mi inevitable desfallecimiento, de tu perfección y de mi retroceso, de mi dependencia y de tu engaño, de tu agria indeferencia y de mis errores recurrentes, de mi culpa y tu ingenuidad, de mi veneno y tu antídoto, de mi enfermedad contagiosa y de tu pureza, de mi desfachatez y de tu elegancia, de tu soltura, de tu piadoso comportamiento, de todo aquello que perdí y que olvidaré en un futuro incierto. Te amo.