sábado, 3 de noviembre de 2007

Puta

Debía maquillar esa faz estropeada por el transcurso de los años, por unas manos que no eran suyas, que no le pertenecían. Arremangó su falda, fingiendo ser la reina del burdel y bebiendo para olvidar sus penas, recordando los dichos de sus antecesoras, las rameras no debían enamorarse. Cercana la noche, la meretriz buscó el atuendo de lentejuelas, que tanto detestaba, luego salpicó su pescuezo con ese anticuado brebaje que deleitaba a los visitantes que pernoctaban en el recinto. Adentrada la noche, comenzaron a ingresar los clientes más arcaicos del lenocinio, exigiendo cuerpos fértiles para satisfacer sus insanas pasiones. Sabía que tendría que fingir como todas las noches, aparentando un goce lejano. Sin embargo, sus penas aflorarían, en ese cuarto oscuro cuando nadie la viera. Llorando por su inocencia robada, por ese destino forzoso, sintiéndose en un laberinto sin salida. Lo que para algunos era un regocijo, para ella era una desdicha eterna. No obstante, debía continuar el júbilo reinante, ya que en unas horas más, vendría su madre, la prostituta más vieja del lugar. Ella quería un futuro distinto, pero no podía, tendría que prolongar la tradición familiar, heredada de generación en generación.

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