Las fibras de carnes se vuelven irreconocibles, el envoltorio de piel ya no me pertenece. Mis ojos son dos tragaluces de penas y escombros. Mi boca es un semillero de gérmenes y palabrotas. Mi nariz está atestada de fisuras y malos recuerdos. Mis manos son dos seres tímidos e involucionados. Mis cejas son dos inservibles montículos velludos. Mis dientes son una estructura de cobre desproporcionada y maloliente. Mi cuello alberga rugosas marcas imborrables. Mis codos deshidratados refugian un número indeterminado de granitos grisáceos. ¿Quién dijo que éramos normales? La mirada delata ese sopor de extrañeza, algo te ocurre, algo habita dentro de ti, algo que lentamente comienza a absorberte. Ni en los sueños nocturnos puedes desviar la mirada, de ese dolor vacío que te aprisiona. De pronto, tus manos palmotean lenguajes inexistentes, tus piernas sudan con insistencia y tus brazos enjutos huyen a regañadientes. Tú sabes que mis fisuras no han sanado, pero ahora no te quejes, porque la espeluznante criatura sólo tu desprecio la ha originado.
martes, 6 de noviembre de 2007
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