Sus verdes ojos acuosos se detuvieron de forma instantánea. Observó detenidamente la mesita junto al espejo. Fue uno de los segundos más largo, de toda su vida. Un descontrol se adueño de sus sentidos, apareció de uno de lo cajones, un artefacto boca de fuego, rectangular, y de sombríos colores: el alisador de pelo que tomó una mecha de su cabello. Luego, derramó una máscara verde maloliente sobre su rostro. Unos huevos golpearon, con violencia su cuero cabelludo. El ritual continuaría durante la noche. Bases, Rubor, Lápiz labial, Sombras, Máscaras, Delineadores y Polvo de arroz, eran tan sólo algunos de los cuantiosos invitados. Cada uno de los presentes se jactaba de poseer diversas propiedades curativas. Sí, curativas. Sanadoras de su alma, de su obsesión, de su locura, de lo único que le permitía sentirse feliz por tan sólo un momento: sentirse bella. Sí, bella. Demencial, cierto, ¡No lo crean! Su infancia, revivía dolores que creía olvidados. La risa, la burla, la mofa. Sí. Todos alguna vez fuimos niños. Ella no. Se refugió en sus cuadernos, en sus libros, en su mundo de fantasía. Era una extraña, en un mundo que no le correspondía. Era la fea, la tonta, la inadaptada, la que de los chicos se ahuyentaban. Ese día el insomnio era latente, no podía conciliar el sueño, algo le ocurría. Fue a la recámara de su madre, abrió desaliñadamente un baúl. Los recuerdos caían a borbotones dentro de su mente, las imágenes de su soledad, de sus juegos en aquel columpio desgarbado de la plaza gris que ya nadie recordaba, de sus llantos junto a la cálida chimenea y de la Navidad que esperó en vano. Sintió como repiqueteaban sobre el techo, las primeras gotas de lluvia que anunciaban el paso del gélido invierno. Se aferró a su enajenado sueño. Sus manos torpes, abrieron su cofre mágico. Contempló desorbitada los objetos multicolores que había en su interior. Una lágrima rodó por su mejilla, sabía que jamás volvería a ser la misma.
jueves, 25 de octubre de 2007
Maquillaje
Sus verdes ojos acuosos se detuvieron de forma instantánea. Observó detenidamente la mesita junto al espejo. Fue uno de los segundos más largo, de toda su vida. Un descontrol se adueño de sus sentidos, apareció de uno de lo cajones, un artefacto boca de fuego, rectangular, y de sombríos colores: el alisador de pelo que tomó una mecha de su cabello. Luego, derramó una máscara verde maloliente sobre su rostro. Unos huevos golpearon, con violencia su cuero cabelludo. El ritual continuaría durante la noche. Bases, Rubor, Lápiz labial, Sombras, Máscaras, Delineadores y Polvo de arroz, eran tan sólo algunos de los cuantiosos invitados. Cada uno de los presentes se jactaba de poseer diversas propiedades curativas. Sí, curativas. Sanadoras de su alma, de su obsesión, de su locura, de lo único que le permitía sentirse feliz por tan sólo un momento: sentirse bella. Sí, bella. Demencial, cierto, ¡No lo crean! Su infancia, revivía dolores que creía olvidados. La risa, la burla, la mofa. Sí. Todos alguna vez fuimos niños. Ella no. Se refugió en sus cuadernos, en sus libros, en su mundo de fantasía. Era una extraña, en un mundo que no le correspondía. Era la fea, la tonta, la inadaptada, la que de los chicos se ahuyentaban. Ese día el insomnio era latente, no podía conciliar el sueño, algo le ocurría. Fue a la recámara de su madre, abrió desaliñadamente un baúl. Los recuerdos caían a borbotones dentro de su mente, las imágenes de su soledad, de sus juegos en aquel columpio desgarbado de la plaza gris que ya nadie recordaba, de sus llantos junto a la cálida chimenea y de la Navidad que esperó en vano. Sintió como repiqueteaban sobre el techo, las primeras gotas de lluvia que anunciaban el paso del gélido invierno. Se aferró a su enajenado sueño. Sus manos torpes, abrieron su cofre mágico. Contempló desorbitada los objetos multicolores que había en su interior. Una lágrima rodó por su mejilla, sabía que jamás volvería a ser la misma.
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1 comentario:
Súper potente el cuento, me gustó mucho, también algunos de los anteriores y me parece que tienen la misma fuerza y desgarro.
Felicitaciones, no había leído nunca uno de tus cuentos, nos seguimos leyendo entonces y obviamente viendo en la U.
Saludos
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